
Este sábado, como hace tres años, me lancé a Reforma con un grupo de amigos de ambiente y emprendimos una larga y festiva caminata desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo en el día más gay del año. Me fui prepadado: una mochilita con botellas de agua congelada, una chamarra pa' el frío y el paraguas que me acogería ante la lluvia inminente. Como todos los años Reforma se inundó de grupos de activistas que gritaban consignas igualitarias, hombres vestidos de mujeres, mujeres vestidas de hombres, hombres transformados en mujeres y uno que otro ser humano que no tuvo ningún empacho en salir a la calle sin ninguna prenda. Los carros alegóricos de los diferentes centros de diversión nocturna de ambiente no faltaron, y yo mismo, junto con mi comitiva, me anexé gustoso al carro del Living, cuya estridente música electrónica acaparaba la atención de un buen número de gente. A diferencia de otros años, no me tocó escuchar muchas consignas políticas a favor de la tolerancia, del respeto a los homosexuales y de la entrada de vigor de las sociedades de convivencia (aquélla figura legal que muchos han intentado, sin éxito, sea aprobada por la reticente Asamblea Legislativa del DF). Tal vez eso fue porque opté, junto con mis acompañantes, por quedarme en la mitad "festiva" de la marcha (la de los carros alegóricos, gente vestida de colores y mercadotencia de empresas gay y gay friendly) en lugar de tomarme la molestia por adelantarme unas cuadras y anexarme a la mitad "activista" de la marcha (la de los padres de familia orgullosos de sus hijos gays, la de las lesbianas comunistas y homosexuales cristianos). Con el pasar del tiempo es más común que me encuentre con caras conocidas (como la de aquél jovencito que conocí en PRIDE la semana pasada, o algún amigo de un amigo que me fue presentado en alguna reunión, ex alumnos de mi alma mater o hasta algún ex-profesor...). Me divirtió sobremanera la cara de los desprevenidos turistas o peatones que se encontraban en Reforma, Hidalgo, la Alameda, 5 de mayo y el Zócalo quienes ponían una cara de impresión y se sorpendían a sí mismos al darse cuenta que sonreían ante los fetejos descarados de la comunidad (acuñada de forma políticamente correcta) lésbico-gay-bisexual-transgénero (LGBT). Mi diversión se vio complementada por el consumo de una mezcla maravillosa de ron (OK, a veces el ron puede ser bueno) y refresco de manzana, que compramos en un OXXO a la altura de la Glorieta de la Palma. La diversión hubiera sido extrema si no fuera por el sencillo error de haber tomado tantos líquidos diuréticos que me impidieron contonearme libremente al ritmo de la música electrónica que emanaba del carro alegórico del Living. El tramo de 5 de mayo fue el más divertido, el más catártico, el tramo en el que la gente debía comprimirse debido a la angostura de la calle. Pero al llegar a la plancha del Zócalo todo se fue al traste. La lluvia comenzó a caer a cántaros y yo, con el resto de mi comitiva, corrimos despavoridos a refugiarnos al metro. Como todos los años, ya no me quedé a presenciar el mitin político y el show artístico que se hace en el Zócalo. Mi cansancio, la lluvia y mi notoria falta de solidaridad con la causa me lo impidieron. No importa, me fui a casa de un amigo a comer pizza, resguardarme de la lluvia y a recuprar fuerzas para irme a la famosa White Party que tendría lugar esa noche...