21 July 2006
Modérense
Feos tiempos lo que estamos viviendo. Amigos discuten entre sí... padres e hijos no están de acuerdo... la gente tiene miedo de decir ciertas preferencias en su trabajo. Uno, que trabaja en el servicio público, no tiene la libertad de expresar abiertamente sus opiniones políticas con la mayoría de sus colegas. Sobre todo si no comparte al 100% las ideas del partido en el gobierno. Y eso que en mi caso tuve suerte. Mi jefe inmediato, además de colmeca, resultó compartir varias ideas izquierdosas conmigo. Dios lo tenga en su gloria. Desafortunadamente su condición sateluca lo orilló a votar por la continuidad. Yo, por mi cuenta, aposté por la idealista alternativa de votar por un grupúsculo político cuya plataforma se asemeja más a la social democracia que la izquierda tradicional de este país. A sabiendas que el Doctor Simi tenía más posibilidades de ser presidente que Patricia Mercado, decidí votar por Paty Market para así ayudar a que al menos su partido mantuviera el registro. De plano ninguno de los punteros me convenció. Buena noticia: el partido de Patricia tendrá presencia en la Cámara de Diputados y creo q tambièn en la Asamblea Legislativa del DF. La mala es que el partido hechizo de Elba Esther tuvo mejores resultados. Seguramete aquella pegajosa cancion "uno de tres" tuvo algo que ver ahí. Mueran Elba Esther, Campa, Cinta y CIA., perseguidores de votos desperdiciados. Lo único chido de ese partido era su logo y su culposamente pegajoso jingle. En fin.... Voté por Patricia anteponiendo mi condición gremial a la de burócrtata federal. No creí en la izquerda del PRD porque cuando se le preguntaba al Peje sobre el tema de las sociedades de convivencia, lo único que respondía era que haría una consulta para que el pueblo decidiera. No soy de los que toma tan a la ligera el adjetivo "populista", y durante meses me negué a calificar al Peje como tal. Pero su actitud respecto al tema de las parejas del mismo sexo definitivamente estaba más lejos de la izquierda que del populismo. Esto último y varias actitudes más del tabasqueño y sus partidarios, hicieron que al momento de depositar mi último voto el dos de julio, cayera en cuenta, incrédulo, que ni uno sólo de mis votos se había ido al PRD. Y eso que diferí el voto. ¡Vamos! hasta le concedí al PRI el beneficio de la duda con mi sufragio para la Betty Paredes. México no tiene la izquierda que se merece, y por eso el PRD no puede tener la presidencia del país. Que siga gobernado localmente, eso sí. Después de todo, el dominio que tienen en el DF y otros poquitos estados habla de su capacidad para trascender los sexenios y gobernar relativamente bien. Pero habiedo tantas cosas incómodas de los perredistas (en especial, su aparente delirio de persecución, heredado seguramente de las célebres represiones a la izquierda entre los 50's y los 70's) no me los pintan como políticos comprometidos con las reglas del juego. Y si no se estña dispuesto a respetar las reglas, pues se está en el hoyo. En medio de tanta polarización los perredistas no son los únicos que tienen a culpa, pero sí son los que hacen más ruido. Y eso los compromete, y espero que los debilite. Hay tanta polarización ahora que ya ni sé qué periodico leer. Antes solía tomar en serio, con cierta precaución eso sí, a La Jornada. Ahora, su línea editorial irracionalmente inclinada hacia el argumento del "fraude electoral" y la "debilidad del IFE" hace que la compare con la nefástica Crónica de Hoy. No es tiempo de leer un sólo periodico. Mejor sería ver La Fea más Bella y Bailando por la Boda de mis Sueños. En este escenario de polarización, mejor habría que moderarse un poquito, respirar hondo y pintar nuestra raya ante tanto fuego cruzado. No digo tampoco que hay que desconectarse. Sí se debe estar pendiente de lo que pase, de lo que digan las instituciones encargadas de decidir cómo rayos se terminará el embrollo. Lo que no se vale es que nos compremos el cuento de un fraude electoral similar al del 1988, año en que NO había una competencia electoral feroz como hoy, tiempos de la guerra fría donde las proridades eran otras y en los que ningún actor internacional le importaba qué tan democrático era México.
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