28 August 2006

Perdiendo el estilo

De un par de años para atrás, a mi buena amiga Ximena le ha dado por pulular por el mundo: que si se va un semestre a estudiar en alguna universidad madrileña, o que si se va atomar unos cursos y/o talleres a España, o simplemente se consciente a sí misma dando el rol por Europa. Esos múltiples viajes han venido acompañados de sendos festejos organizados por ella (tanto de despedida, como de bienvenida). En todo ese tiempo, sus fiestas se han llegado a apreciar mucho por la comunidad que asiste regularmente a ellas, no por que sea particularmente buena la calidad del chupe o de la música. La gente siempre suele ser la misma. Hay algo que hace que sean memorables esas reuniones multitudinarias en la terraza de un departamento que da al segundo piso del periférico a la altura de Las Flores. Recuerdo que la mejor de todas, o en la que hubo más degenere, fue una en la que virtualmente TODOS los asistentes, incluida la festejada, pudieron recordar haberse involucrado en mayor o menos grado con un miembro del sexo opuesto (y en mi caso, con un miembro del mismo). Hubo tambiémn otra fiesta en la que la continua caída de lluvia no impidió que la anfitriona hiciera un arriesgado baile de tubo...





Con esos antecedentes de poca virtud y excesivo consumo etílico, me dio tanto gusto saber que la buena de Ximena tenía la intencíón de festejar su enésima llegada a México desde España. Así que, no desprevenido, empaqué en mi auto desde muy tempranpo en la mañana mi ropita fiestera (que consistió en una simple combinación de jeans y playera groovy) y a la hora de la comida, aproveché para comprar mi chupe (una botellita de vodka de oferta y sus respectivas aguas quinas, que si no las compro yo, no las compra nadie, de veras).

Después de recoger a Alex a su casa, y ponerme bello para la ocasión, partimos jubilosos hacia el destino periferiezco, yo rezándole a Tláloc en secreto para que la lluvia no hiciera estragos, ya que nuestra anfitriona suele hacer sus fiestas en la terraza e impíde a toda costa que la gente conviva en los espacios techados de su departamento (regla que yo suelo romper en búsqueda de rincones oscuros dónde cometer actos ilícitos). En efecto, los asistentes terminaron siendo casi los mismos que las veces anteriores, viniéndo de rincones lejanos como Cuernavaca y Querétaro. El que seamos siempre los mismos, mi hermana lo interpreta como precisamente una de las razones del éxito de estas reuniones: "somos todos conocidos y no nos hemos visto en mucho tiempo. Además somos todos una bola de desmadrosos alcohólicos" dijo sabiamente mi hermana el sábado siguiente, durante la inevitable conversación que recapitulaba los principales eventos de la velada anterior.





La música fue regular, ya que consistió en una simple grabadora sin potencia sonora, y CD's que habían sido quemados para la ocasión. Llovió, lo que al principio nos orilló a chupar en el mínimo techito que hay en la terraza. Se fue la luz! Lo que hubiera sido una tragedia si no fuera porque previsioriamente, contábamos con pilas. Regresó la luz, y llegó la gente. Bailongo inevitable con Ximena, a la que jamás le negaré una o dos piezas (generalmente será "Procura" de Chihi Peralta o el "Carnaval" de Celia Cruz). Se perdió el control, como siempre. La gente en masa optó por ocupar los espacios techados, sala, comedor, barra de la cocina, y un par de chicas no tuvieron ningún empacho en bailar jubilosas en las sillas del comedor.





Y en algún momento.... perdí el estilo. Al menos no lo perdí bailando, ni besuquéandome en público, como llegó a suceder en una de esas memorables fiestas. Mi malacopa, la cual tengo vergüenza recordar y detallar, me llevó a tirar o perder un sinnúmero de veces mi bebida y caerme aparatosamente en el suelo, frente a toda la concurrencia, sin la habilidad suficiente para rescatar el chupe que tenía en mi mano. Patetismo total. Por ahí me dijeron que también le había hecho "caras" a la gente (whatever that means). En fin, mi gran sentido de culpa no podría sobrellevarlo si no hubiera sido porque cuento con pruebas de que no fui el único que perdió el estilo esa noche. Y es que, al final de cuentas, creo que de eso se tratan las fiestas de Ximena: de ponerse hasta la madre, y de perder el estilo colectivamente. Claro, siempre en buen plan. Nada de malacopas violentas y malvibrosas.

Héme aquí, con el estilo totalmente perdido....







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